Leer: Una Receta Mágica

Por: Raquel C Cuperman – Experta en hábitos de lectura infantil   -Mami léeme otro cuento, por favor. -¿Otro? ¡Ya llevamos dos! -Quiero otro, léeme este. -Pero, ¡si ese ya te lo sabes de memoria! -No importa, léelo otra vez.   Este pequeño diálogo seguramente se repite en muchísimas casas todas las noches. Puesto que […]

Por: Raquel C Cuperman – Experta en hábitos de lectura infantil

 

-Mami léeme otro cuento, por favor.

-¿Otro? ¡Ya llevamos dos!

-Quiero otro, léeme este.

-Pero, ¡si ese ya te lo sabes de memoria!

-No importa, léelo otra vez.

 

Este pequeño diálogo seguramente se repite en muchísimas casas todas las noches. Puesto que leer se ha convertido en un hábito familiar impulsado por miles de consejos de expertos, padres y hasta abuelos que aseguran que leer en familia produce hijos lectores. Una receta mágica que bien puede ser válida, pero que también necesita de otros ingredientes en el caldero para que sea efectiva.

El primer ingrediente. La razón o intención.

 

La primera substancia que debemos agregar a esa poción mágica es la razón o intención para leer. Muchos padres recurren a la literatura como un apaciguador o un pacificador. Cuando los niños están alterados, nerviosos, ansiosos, fantásticamente el libro aparece para calmarlos. Lo extraño es que no siempre asombra, en especial si previamente el nivel de ansiedad es tan grande que impide al niño quedarse quieto y atento. Además, ciertos libros producen risa, e invitan a los niños a moverse aun más o, para colmo de males, a ponerse aun más ansiosos. Otros libros, provocan ideas y después de la lectura aparece el enano disfrazado de monstruo corriendo y asustando a todos en casa.

En muchos hogares existe la rutina de leer antes de dormir y muchos niños se acostumbran a dormir arrullados por un libro. Ellos se pueden convertir mas adelante  en aquellos adultos que tan solo con pensar en un libro, ya están cabeceando.

Existen también los hogares en los cuales se lee a las 8 PM “llueve, truene o relampaguee” sin importar si para ello hay ánimo y disposición. Para ellos leer se ha convertido en una rutina obligada, dejando la magia y el misticismo de las palabras impresas relegadas a un segundo plano, seguidos más bien de la obligación e imposición.

En muy pocas familias, leer es una disculpa para pasar tiempo, para disfrutar de la compañía del otro, para conocerse, para conversar, gozar, reír y llorar juntos. En esas últimas, leer tiene un valor adicional; asegura un tiempo real, sincero y lleno de amor de dedicación absoluta. Por eso, ese otro ingrediente de la poción mágica se llama deseo y tiempo preciso.

El segundo ingrediente. El momento ideal para la lectura.

 

Nuestro siguiente elemento en la olla se llama el momento ideal para la lectura. Como ya lo dijimos, para algunos este puede ser la hora exacta antes de descansar, cuando se alternan momento de paz y reposo con otros de estrés y cansancio. También sucede, en otros casos, que es alrededor de la mesa, como una mas de las tareas que todos tienen producto de su vida diaria. En países con un sistema de transporte adecuado y una plana pavimentación de calles, se aprovechan esos momentos para sumergirse en un buen libro. Pero, en la mayoría de los casos, es mientras se cambia el pañal del más pequeño, mientras se cocina, durante el tiempo de la novela, con el celular y el teléfono al lado y/o pendiente del mensaje de la oficina que “debe llegar en cualquier momentito”. Aunque toda oportunidad es buena, cada familia debe fijar sus mejores momentos. Pero lo esencial es que ese sea para leer y compartir y no permitirle a nada ni nadie interrumpir ese placer.

Es esencial que el momento escogido para la lectura sea para leer y compartir y no permitirle a nada ni a nadie interrumpir ese placer.

 

 

El tercer ingrediente: ´Mientras tanto´.

 

El “mientras tanto” se convierte en el próximo ingrediente dentro de la olla. Mientras se lee, se puede ser escuelero: corregir dicción, insistir en la puntuación, enfatizar en la “lectura oral”, para que los niños sepan leer muy bien ante otros. Si ese es el “mientras tanto”, seguramente hay regaños, caras fruncidas y muy poco placer por leer. Mientras se lee se puede ser inquisidor y estar pendiente de la más mínima comprensión: “¿pero, qué entendiste en este párrafo?”, “¿dónde dice eso?”, “pero, ¿por qué no entiendes?” Si ese es el mientras tanto, seguramente el ambiente es de examen y de intentar adivinar la respuesta correcta (o la respuesta del adulto). Mientras se lee se puede guardar silencio, ver pasar las hojas con la misma lentitud o rapidez que los minutos del reloj. De esta manera, seguramente se siente más obligación que placer. Mientras se lee, se pueden escudriñar los valores en el cuento, recalcar lo bueno y lo malo y sacar lecciones de vida de las acciones de los personajes. Si es así, la lectura se convierte en un objeto utilitario. También se puede conversar mientras se lee; compartir impresiones, comentar lo sucedido, aprovechar para conectar con experiencias semejantes propias o de otros, anticipar acciones y proponer soluciones. Con este último “mientras”, se abren portales de comunicación, auto reflexión y pensamiento y estrechos vínculos de afecto. En esencia, mientras se lee no se juzga, ni evalúa, ni corrige; al contrario, se comparte, conversa y divierte.

Entonces, si queremos que la poción funcione, a ese caldero de la lectura tenemos que ponerle otros componentes. Hay que medir  con exactitud el  deseo, la razón, el tiempo y  la intención antes de empezar. Saber combinar las cantidades precisas de cada cual. Y mientras se revuelve con lentitud y paciencia, saboreando los olores y las esencias que hierven en la poción, se degustan las palabras impresas. La magia funcionará, quizás, si se juntan los ingredientes en el tiempo, momento y lugar preciso.

 

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